El curso del imperio, destrucción, Thomas Cole, 1836
The Course Of Empire – Destruction, es una pintura de Thomas Cole. Fue editada y se subió a la web el 2 de diciembre de 2011.
PARTE 7: COLAPSO CIVILIZATORIO
POR Etienne Erice:
En “El curso del imperio”, de Thomas Cole, puede ofrecernos una visión más amplia de la tragedia futura como un proceso. En esta obra “destrucción”, se muestra como un acontecimiento, en que el ejército enemigo está saqueando la ciudad, quemando los edificios y sembrando el suelo de cadáveres de hombres, mujeres, ancianos y niños. En el cielo, el humo del fuego se funde con las nubes de tormenta, como si la naturaleza estuviese también dispuesta a colaborar en la destrucción de esta urbe. Una escena apocalíptica, que puede representar ciertamente la caída del Imperialismo capitalista actual.
Desde el principio de la revolución industrial, liderada por el capitalismo, su organismo necesitaba grandes cantidades de materias primas para crecer y expandirse, sin embargo, este crecimiento del sistema capitalista tiene consecuencias, “El capitalismo lleva en si el germen de su propia destrucción, por su insaciable sed de plusvalía y de ganancia”, en palabras de Marx.
Las antiguas colonias americanas fueron durante siglos explotadas, mediante mecanismos de control y dominio, para mantener el metabolismo de esta criatura, bosques y minerales, madera para las líneas de ferrocarriles, carbón para la máquina de vapor, trigo para las crecientes masas de trabajadores hambrientos, sostenedores de la revolución industrial. El capitalismo necesitaba nutrirse, era necesario superar etapas y generar varías revoluciones tecnológicas, para digerir con mayor eficiencia los recursos y mantener su metabolismo energético. Aumentar la densidad energética era vital, y se convirtió en consigna.
Pero, al igual que en la simulación del mundo margarita (1), este mundo es finito, el capitalismo contemporáneo a golpeado contra un muro infranqueable de la biosfera, los limites ecológicos del planeta. Esta hermosa esfera azul no puede responder a la inmensa presión que el capitalismo le solicita. Y se prepara para el colapso de las estructuras sociales de la civilización contemporánea.
Conviene recordar las distintas fases del colapso enunciadas por Djmitry Orlov (2),
Fase 1, Colapso financiero:
Esta es siempre la primera fase, sea esta iniciada por una reducción de la energía disponible, bien por la acusada disminución de la actividad económica por alguna otra causa. Bien los bancos no realizan préstamos (creación de dinero) porque saben que no se lo van a devolver o, si son autorizados a ello con garantías del estado, la inflación que generan resulta en ese caso galopante. El colapso financiero es la pérdida de confianza en el “business as usual”.
Fase 2, Colapso comercial:
La inflación lleva a una fuerte devaluación del dinero. Muchas empresas se declaran en suspensión de pagos o directamente quiebran, desde las más grandes hasta las más pequeñas. La tienda de la esquina o bien ha cerrado o apenas dispone ya de mercancías y víveres. Muchas son asaltadas, pues todo el mundo se orienta a la supervivencia a corto plazo. Se entiende por colapso comercial la pérdida de confianza en que “el mercado proveerá”.
Fase 3, Colapso político:
El poder político intenta por todos los medios resolver los fallos de los suministros básicos, pero acaba mostrándose incapaz de ello incluso en las condiciones fuertemente autoritarias que llegaría a establecer. El colapso político es la pérdida de confianza en que los gobiernos pueden hacerse cargo de una situación de extrema necesidad.
Fase 4, Colapso social:
Organizaciones no gubernamentales y estructuras locales que intentar llenar el vacío de poder creado, se van quedando sin recursos o sucumben a conflictos internos. El colapso social es la pérdida de confianza de que mi gente cuidará de mí.
Fase 5, Colapso cultural:
Los sociólogos afirman, en base a la experiencia histórica, que la diferencia entre la civilización y la barbarie son dos días de ayuno. Distintas virtudes humanas quedan orilladas. Muchas familias o parejas completan un proceso de desintegración ya iniciado. Ante la duda de matar o morir, muchos eligen lo primero, y quienes dudan pueden ser eliminados. El colapso cultural es la pérdida de confianza en que los míos cuidarán de mí.
Orlov, en escritos posteriores, sugirió incluso que esto era una versión moderada, y añadió además una sexta fase: el colapso climático resultante de un aumento brusco de la temperatura por reducción drástica de los aerosoles de azufre, ya apuntada.
En el caso de la URSS este proceso en cascada pudo ser detenido en la fase 3 cuando el estado ruso consiguió, con la sobrevenida asistencia de Occidente – si bien condicionado al establecimiento de una estructura distinta – neutralizar la mayoría de las mafias locales y el surgimiento de señores de la guerra. Pero eran tiempos en que la complejidad podía restablecerse y seguir aumentando: los combustibles fósiles estaban todavía ahí para lo que se les pidiera.
Luis González Reyes (3), de Ecologistas en Acción, escribe:
“Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como solemos entender”,
y resume su aporte en el libro, Humanidades ambientales (4), lo siguiente:
Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. En este proceso, viviremos la quiebra del capitalismo global, un alza de los conflictos por el control de los recursos, una fuerte reconfiguración del Estado o una “re-ruralización” social. Este colapso de la civilización industrial es inevitable.
Pero esta inevitabilidad no significa que el futuro esté escrito. Dentro del campo de posibilidades físicas que tengamos, la reconfiguración de los ecosistemas y las sociedades humanas dependerá en gran medida de lo que hagamos ahora. Es más, el colapso brindará oportunidades inéditas para la articulación de sociedades más justas, solidarias y sostenibles. Por ejemplo, un sistema energético basado en fuentes de acceso más universal (las renovables), una tecnología más apropiable (más sencilla), sociedades más fácilmente gestionables democráticamente (más locales y de menor tamaño) o un tejido social más denso (la supervivencia pasará por el colectivo). Estas oportunidades serán más cuanta menos degradación social y ambiental se produzca. En este sentido, cuanto antes se pongan en marcha medidas acordes con los nuevos contextos, mayores serán las posibilidades de limitar esta degradación.
Con estas premisas, el objetivo de comunicar el colapso no es realizar un ejercicio de amargura prospectiva, ni un análisis complejo del contexto, aunque ambos factores deban cumplir un papel, sino que las sociedades puedan organizarse para aprovechar las oportunidades y sortear los riesgos que nos brinda el final del metabolismo industrial.
¿Cómo comunicar el colapso a personas conscientes de la situación?
Quienes conocen los escenarios más factibles del cambio climático y de la restricción energética y material, el posible auge de nuevos fascismos, o el probable incremento de la población en condiciones de miseria, temen esos escenarios. No habría que alimentar más ese miedo, sino buscar estados de ánimo que nos sirvan de pértiga para saltarlo. Uno fundamental es la esperanza. Eso es justo lo que proyectan lemas como “sí se puede” y “otro mundo es posible”. La esperanza no se construye sobre la nada, sino que requiere de razones sobre las que sostenerse. Y las hay, pues el colapso abrirá oportunidades a sociedades más vivibles.
Sin embargo, la esperanza habría que transmitirla con realismo. Por ejemplo, comunicar que las energías renovables son la solución a la situación climática y energética sin cambiar a fondo nuestro orden socioeconómico no es cierto. En este sentido, es probable que el movimiento ecologista haya dado excesivas esperanzas de que el sistema actual podía seguir su curso con “simplemente” aplicar un paquete de políticas climáticas, energéticas o de conservación de la biodiversidad.
Las luchas impulsadas por los movimientos sociales deben tener beneficios perceptibles y sostenibles para quienes participen en ellas y la alegría tiene que ser uno de ellos. Además, en la medida en que nos moviliza más el refuerzo positivo que el negativo, este es un elemento que cobra especial relevancia. Una de las cosas que más alegría y placer nos causa es la interrelación con otras personas para construir algo. Otro motivo que puede alegrarnos es el desmoronamiento de un orden basado en el sufrimiento social y la destrucción ambiental: el final del capitalismo global es una buena noticia.
Además de la esperanza y la alegría, también debería estar la responsabilidad, pues conocer los posibles escenarios futuros es saber que las políticas que se adopten ahora marcarán cuántas personas sobrevivan y su calidad de vida. Para reforzar esa responsabilidad habría que transmitir la relevancia de la acción. En primer lugar, porque es con nuestras prácticas cotidianas como nos construimos como personas distintas. También porque en un entorno muy cambiante quienes se hayan organizado tendrán una importante capacidad de influencia. Finalmente, porque los mundos a los que nos iremos acercando serán cada vez más locales y por lo tanto más influenciables por nuestras acciones.
Si la primera idea tiene que ver con las emociones que movilizamos, la segunda es con el tipo de análisis que realizamos, que debe ser riguroso. El colapso es una disminución drástica de la complejidad de manera que surja una estructura radicalmente distinta. No es un cambio de régimen, no es una ocupación, tampoco es una crisis. Está marcado por un descenso en la población, la especialización social (diferenciación social, especialización laboral), las interconexiones (comercio, penetración de los órganos de poder), y la cantidad de información que contiene y fluye por el sistema (acceso al conocimiento, arte, intercambio de información). El colapso no es un hecho súbito, sino un proceso que durará muchas décadas. Este es un problema de primer orden, pues actuamos cuando vemos el peligro inminente, pero no si este sucede poco a poco. Por todo ello es importante denominar al colapso por su nombre.
Otro análisis importante es que, aunque el medio ambiente está en el centro de las causas del colapso, no es su única dimensión. También son fundamentales los elementos económicos, culturales y políticos. Pero considerar la multidimensionalidad de factores que concurren en el colapso no significa darles a todos la misma importancia. Así, la capacidad del ecologismo social para analizar el momento actual desde la complejidad, pero dando gran relevancia a los límites ambientales, es un ejemplo a seguir.
Trabajar desde una visión sistémica es una estrategia adecuada para comunicarse con personas que ya son conscientes de la crisis civilizatoria porque es un pensamiento que ya tienen entrenado. Además, esta estrategia ha demostrado ser movilizadora. Una muestra fue la impresionante resonancia que alcanzaron Los límites del crecimiento, un análisis sistémico.
¿Cómo comunicar el colapso a quienes no son conscientes de él, pero quieren saber?
En gran medida, mucho de lo dicho anteriormente se puede aplicar a este grupo, por lo que nos centramos en varios elementos extra.
En lo que concierne a las emociones, es importante sumar el miedo, pues es una emoción que motiva a las personas a no continuar por las sendas más peligrosas. Cuanto menos miedo al colapso tengan las sociedades, más profundo será. En ese sentido, mensajes complacientes con la pervivencia del sistema actual o que pongan “excesivamente” en duda el colapso, serían contraproducentes.
Otra razón para no sortear el miedo que causa la comunicación de la prospectiva dura que tenemos por delante es que los cambios necesarios y deseables en la transición civilizatoria requieren de poblaciones maduras. Por ello, no podemos tratar a las personas como si fuesen infantes y no pudiesen hacerse cargo de sus vidas. Si vamos a necesitar lo mejor del ser humano, pongamos altas expectativas en él y mostrémoslo con nuestros actos.
A estas razones para usar el miedo podemos sumar que, para actuar, el ser humano necesita conocer el límite a partir del cual la inacción o la acción incorrecta tiene consecuencias negativas. De este modo, no solo habría que comunicar los aspectos potencialmente peligrosos de los escenarios por venir, sino hacer un esfuerzo por señalar los límites, los umbrales de no retorno. Aunque esto es especialmente difícil, ya que la crisis sistémica que vivimos tiene unos límites inaprensibles, hacer mucha incidencia, por ejemplo, en el aumento de 1,5ºC como límite de seguridad climática es importante.
Un último argumento para usar el miedo es que es una herramienta que se ha utilizado con profusión en numerosas campañas exitosas. Por ejemplo, probablemente el libro más influyente del ecologismo ha sido La primavera silenciosa, que transmitía las perniciosas consecuencias del uso de los pesticidas. Otro texto muy influyente fue el ya nombrado Los límites del crecimiento, que también planteaba un mensaje muy duro. Fuera del ecologismo, también hay numerosos ejemplos, como la lucha contra el tabaquismo.
Esto implica que no deberíamos llamar al cáncer, gripe. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como la solemos entender (algo “tranquilo” y más o menos pilotado). Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Igual con algunos sectores sociales el término “colapso” no es el más adecuado, pero no puede ser sustituido por giros que quiten importancia a los desafíos que enfrentamos. Esto no significa regodearse en lo doloroso, es más, resulta clave comunicar desde la empatía.
Sin embargo, el miedo es un potente sentimiento desmovilizador, pues suele inducir a buscar la seguridad en la ausencia de cambios. Además, una sociedad miedosa es insegura de sí misma, por lo que rinde muy por debajo de sus posibilidades. En ella, se bloquea la visión de partes de la realidad especialmente molestas, pero fundamentales para afrontar los problemas. Así, solo las sociedades que consigan controlar el miedo serán capaces de encarar de forma emancipadora el futuro, las otras correrán el riesgo de buscar tablas de salvación en opciones autoritarias.
Por ello, el miedo debe superarse y esto solo se hace en colectivo. Para sacudirse el miedo, resulta imprescindible construir un camino con desafíos asumibles, riesgos afrontables psicológicamente, y en el que las sociedades vean las ventajas y la factibilidad de los cambios. También usar esa pértiga en forma de esperanza y alegría que nombramos. A las estrategias ya expuestas para construir la esperanza, habría que sumar otra de especial importancia para este grupo: que para que sea creíble, tiene que encarnarse y vivirse.
La última idea es la importancia de articular la comunicación desde el hacer más que desde el decir. Los entornos en los que nos movemos construyen nuestro sistema de valores. Cambiando nuestras formas de actuar, cambiamos nuestras formas de pensar. Así, los cambios personales y sociales solo se van a dar si las personas participan en entornos que gratifiquen valores emancipadores. Por ello, más clave que los discursos que articulamos son las prácticas que promovemos. Además, relacionarnos a través de las prácticas y no de los discursos diluye las barreras que nos ponemos ante ideologías ajenas.
Para esta construcción de visiones alternativas, será importante que existan muchos entes comunicadores distintos con mensajes parecidos. Esto permitirá sortear la voluntariedad de la escucha. Conseguir esos emisores diferenciados pasa por que distintos grupos sociales sean intermediarios de nuestra comunicación y la traduzcan. Que otras personas hagan suyo el mensaje, dándole sus propios matices y énfasis. Desde esta perspectiva, podría ser más estratégico comunicar a un público cercano, que tiene predisposición a escucharnos y maneja nuestros mismos códigos, y que este sea el que comunique posteriormente a otros sectores.
Otros pensadores, como Joseph Tainter (5), ha abordado estas cuestiones, en su libro, Colapso en Sociedades Complejas.
La teoría que Tainter se puede resumir a grandes rasgos como sigue:
Las sociedades civilizadas, (o complejas, como las denomina Joseph Tainter), tienden a resolver los problemas aumentando la complejidad del sistema social. Esta tendencia, en un principio, resulta eficaz y rentable para asegurar la supervivencia y desarrollo de las sociedades a la hora de hacer frente a los problemas concretos, pero, a medida que pasa el tiempo, el propio aumento de la complejidad va generando nuevos problemas y condiciones que exigen una aún mayor inversión en complejidad. Llegado un momento, conocido como el punto de los rendimientos decrecientes, los límites materiales al crecimiento hacen que la inversión en complejidad aporte cada vez menos beneficios. Dicho punto implica que la sociedad en cuestión ha pasado a ser vulnerable al colapso, es decir, a una reducción en su grado de complejidad. Para que una sociedad que ha alcanzado el punto de rendimientos decrecientes no colapse ha de encontrar nuevas fuentes de materia y energía que le permitan seguir aumentando su complejidad sin que se reduzca la rentabilidad del proceso. Cuando esto no es posible, el grado de complejidad de la sociedad acaba reduciéndose, es decir, se produce el colapso.
Esto último, ha sucedido muchas veces en la historia a lo largo y ancho del mundo. Tainter, tras repasar varios ejemplos de colapsos históricos, concluye en su libro con un análisis de la situación de la civilización moderna desde la óptica de los rendimientos decrecientes.
El punto de vista y análisis que hace Tainter, es valioso y debe tenerse en cuenta.
Por tanto, el propio incremento de la complejidad sociocultural que marcó tanto el auge de culturas pasadas también propició el declive de éstas. Para que una cultura pueda crecer de forma sostenible, es necesario que sus estructuras socioculturales y de poder sean responsables, esto es, sostenibles, ya que sin la una no puede darse. Tainter, opina que la sostenibilidad surge de la capacidad de las sociedades para resolver problemas y en nuestro caso, la habilidad de hacer frente a problemas como los costes de la jubilación, de la atención sanitaria, de adaptarse al cambio climático o de la energía determinará nuestra sostenibilidad en el futuro; es en este sentido como las sociedades del pasado han conseguido permanecer o no, si tuvieron éxito al afrontar los problemas desde el punto de vista económico, entonces fueron sostenibles. De lo contrario, colapsaron (6).
Bibliografía y Referencias:
(1): Mundo de margaritas (nombre original ‘Daisy World’) es una simulación publicada en 1983 que fue creada por James Lovelock y Andrew Watson para ilustrar su hipótesis Gaia. La hipótesis Gaia es un modelo interpretativo que afirma que la presencia de la vida en la Tierra fomenta unas condiciones adecuadas para el mantenimiento de la biosfera.
(2) Dmitry Orlov, Ingeniero ruso-estadounidense y escritor sobre temas relacionados con «el potencial declive económico, ecológico, político y el colapso en los Estados Unidos», lo que él ha llamado «crisis permanente». Orlov, sostiene que este colapso será el resultado de los enormes presupuestos militares, el déficit del gobierno, un sistema político irresponsable y la progresiva disminución de la producción de petróleo. Ver pensamiento de Orlov en su blog «Club Orlov».
(3) Luis González Reyes, es doctor en ciencias químicas y miembro de Ecologistas en Acción. Se dedica a la formación y la investigación en temas relacionados con el ecologismo y la pedagogía. Desde esos ámbitos es colaborador habitual en varias Universidades. Es autor o coautor de una decena de libros. Entre ellos destaca En la espiral de la energía.
(4) Libro, Humanidades ambientales, coordinado por José Albelda, José María Parreño y J. M. Marrero Henríquez.
(5) Joseph Tainter estudió antropología en la Universidad de California, Berkeley, Ph.D. en 1975. A partir de 2012 tiene una cátedra en el Departamento de Medio Ambiente y Sociedad de la Universidad Estatal de Utah. Tainter ha escrito y editado muchos artículos y monografías. Su trabajo posiblemente más conocido, The Collapse of Complex Societies (1988), examina el colapso de las civilizaciones mayas y chacoanas, y del Imperio Romano de Occidente, en términos de teoría de redes, economía energética y teoría de la complejidad.
(6) https://www.culturamas.es/.